#MAKMAMúsica
‘El holandés errante’ (Der fliegende holländer), de Richard Wagner
Dirección musical: James Gaffigan
Dirección de escena: Willy Decker
Director de reposición: Stefan Heinrichs
Intérpretes: Nicholas Brownlee, Elisabet Strid, Franz-Josef Selig, Stanislas de Barbeyrac, Eva Kroon, Moisés Marín
Palau de les Arts
Av. del Professor López Piñero 1, València
Del 2 al 14 de marzo de 2025
Richard Wagner dijo en cierta ocasión que la música era “pasión, amor y nostalgia”. Pasión por sobrepasar los límites de la razón. Amor con el que, una vez traspasados esos límites, cauterizar la herida infligida por tamaña osadía. Y nostalgia porque toda pasión y todo amor es, en el fondo, memoria de aquello que se ha perdido. Ya lo dijo el poeta Antonio Machado, “se canta lo que se pierde”.
‘El holandés errante’, que el Palau de les Arts acoge por primera vez –“era nuestra asignatura pendiente del repertorio wagneriano”, precisó Jesús Iglesias Noriega, director artístico del coliseo valenciano–, reúne esos tres ingredientes: la pasión del navegante condenado a surcar eternamente los mares por haber desafiado a Dios; el amor de Seta, la mujer que dará su vida para redimirle, y la nostalgia de quienes anhelan un tiempo sin heridas.
“El propósito del arte es hacer consciente al inconsciente”, sentenció a su vez Wagner. Y su ópera ‘El holandés errante’ –“aquí es más primitivo que en ‘El anillo del Nibelungo’”, puntualizó Richard Gaffigan, al frente de la dirección musical– lo que hace es, precisamente, poner en escena la toma de conciencia del abismo que nos habita.
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Woody Allen, sin duda en tono de comedia, se hizo eco de ese abismo con su habitual ingenio cuando dijo en ‘Misterioso asesinato en Manhattan’: “Cada vez que escucho a Wagner, me entran ganas de invadir Polonia”. Esa energía furibunda, que anida en el corazón humano cuando la sangre galopa por las venas, es la que sirve de motor a la leyenda del holandés errante.
Recordemos la trama de la que se sirvió Wagner, inspirándose en las ‘Memorias del señor Schnabelewopski’ de Heinrich Heine: el capitán de un barco holandés, empecinado en atravesar una ruta dominada por un fortísimo temporal, reta al mismísimo Dios en su afán por llevar a cabo su travesía, conllevando tamaño desafío el castigo divino de navegar eternamente sin rumbo. Solo el amor de una mujer puede redimirle, poniendo fin a su eterno deambular a cambio de la muerte.
Lógico, por tanto, que tan excesiva pasión sea trasunto de una música igualmente poderosa y de difícil contención. “Preparar una obra de Wagner es como prepararse para una maratón”, reconoció Gaffigan de una ópera de dos horas y 15 minutos, sin pausa, para la que “se necesita fuerza y resistencia”. De ahí que apostillara: “Entrenar a la orquesta [de la Comunitat Valenciana] para esa maratón, se hace poco a poco”.
Iglesias Noriega puso el acento en la producción y en el reparto a la hora de llevar a buen puerto tan colosal argumento: “La producción, infalible y con una gran limpieza estética, es toda una garantía”, al igual que “un reparto potente que asegura el reto de interpretar estos papeles”, encabezándolo Nicholas Brownlee, como el holandés, Elisabet Strid (Seta) y Franz-Josef Selig (Daland).
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“No se trata de hacer que lo imposible sea posible, sino real”, explicó Stefan Heinrichs, director de reposición de la ópera, para quien el desafío del holandés a la propia naturaleza desbocada, que Dios condena, tiene sus resonancias con la actualidad en forma de DANA. “La ópera habla del agua y del poder de la naturaleza. Quizás cuando se estrenó la obra [a mitad del siglo XIX] la gente estaba más cerca de la naturaleza de lo que estamos hoy en día”.
De ambas naturalezas, la propiamente exterior representada por el iracundo mar y la directamente interior asociada con la pasión y el amor, se hace cargo simbólicamente la escenografía. “Por un lado está la familia, el hogar y la sociedad, y luego está lo sobrenatural representado por el mar y los bosques”, señaló Heinrichs.
Esa primera escena más hogareña se reduce a “una habitación grande con una pintura de mar”, mientras la otra, más abiertamente ligada con la vasta extensión marina, se representa mediante “una enorme puerta que da al mar” inspirada en el cuadro de Edward Hopper ‘Habitaciones junto al mar’. Lo familiar, pues, y lo siniestro que igualmente habita ese espacio hogareño –siguiendo en esto a Sigmund Freud– se van dando la mano en esta ópera de Wagner.
Con respecto a la tempestuosa música wagneriana y los leitmotiv que subrayan los diferentes comportamientos y situaciones, Gaffigan afirmó que todas las óperas cuentan con esos motivos “que representan sentimientos e ideas”, de manera que su trabajo consiste en “compartir esos gestos con la orquesta y los cantantes”. “Wagner planta semillas en la obertura, que se van desarrollando a lo largo de la obra”, añadió.
Que Richard Wagner concibiera ‘El holandés errante’ para ser representada sin interrupción en tres actos, viene a subrayar el primitivismo de esta ópera, antecedente del ciclo posterior de sus cuatro grandes óperas épicas, navegando, como su protagonista, al ritmo de una pasión letal. Una pasión que cautivó, qué duda cabe, al propio Wagner.
“El viaje a través de los acantilados noruegos hizo una maravillosa impresión en mi imaginación; la leyenda del holandés errante, que los marineros verificaron, tomó un colorido distintivo y extraño que sólo mi aventura por mar podía haberle dado”, concluye Wagner en ‘Un esbozo autobiográfico’. La belleza, pues, de los acantilados decantándose hacia una errancia extraña.