#MAKMAEscena
‘La luz de un lago’
El Conde de Torrefiel
Teatre El Musical (TEM)
Plaça del Rosari 3, València
Sábado 5 y domingo 6 de abril de 2025
Cuatro historias de amor, de distinto tipo de amor, que transcurren en un arco temporal de medio siglo en distintos lugares de Europa, desde 1995 a un futuro cercano, 2036. Historias conectadas entre sí, unas dentro de otras como las muñecas matrioskas.
Pero que nadie espere el típico drama o la trasnochada comedia en plan chico-encuentra-chica o chica-pierde-chico. Porque se trata de ‘La luz de un lago’, una creación de la compañía El Conde de Torrefiel –conocida por su firme apuesta por el teatro experimental y la búsqueda de un público capaz de disfrutar con nuevos lenguajes escénicos–, que recala en el Teatre El Musical (TEM) de València el 5 y 6 de abril.
Integrada por Tanya Beyeler, suiza de madre española afincada en España desde los 20 años, y Pablo Gisbert, natural de Onteniente (València), donde ahora están instalados. De hecho, el nombre que adoptaron, El Conde de Torrefiel, es una referencia a un título nobiliario asociado a la localidad valenciana; una decisión irónica, pues sus proyectos rompen con la tradición y lo convencional para asumir riesgos con talante creativo e innovador.
Un montaje que habla del amor, del trabajo y de la violencia en un mundo sobre saturado visualmente entre espejismos, trampantojos, encandilamientos y alucinaciones.

«En nuestros montajes la imagen está supeditada al sonido, y en este último hemos dado un paso más», indica Tanya Beyeler. «Intentamos que, a través de los sonidos envolventes, los textos leídos y la voz en off, que es mi voz, los espectadores puedan montarse su propia película». Las cuatro historias entrelazadas que viajan por el tiempo y el espacio remiten al amor, «que es un espacio semántico muy amplio y reconocible con el que todo el mundo puede identificarse». Sin embargo, la puesta en escena es fragmentaria, abstracta. «Se trata de una pieza muy mecánica que revela los mecanismos teatrales».
1995: una pareja heterosexual entablan un relación en un concierto celebrado en Manchester (Inglaterra). 2012: en Atenas, dos hombres homosexuales tienen un encuentro extraconyugal en un cine mientras ven una película. 2025: una bióloga transexual que viaja en el metro de París lee una tierna carta de su abuela. 2036: en Venecia, un colectivo de jóvenes artistas boicotean un estreno en la Ópera Fenize.
‘La luz de un lago’ prosigue una búsqueda que ya estaba presente en varias piezas anteriores de la compañía, como ‘La plaza’, ‘Kultur’ y ‘Una imagen interior’, programada el año pasado en el Teatre El Musical, que plantea una reflexión y un cuestionamiento de la hiperpresencia de la imagen.
Producir teatralidad a partir de un ambiente sonoro es una de las características del lenguaje escénico de El Conde de Torrefiel, junto a la presencia del texto proyectado. «En ‘La luz de un lago’ queremos dar un paso más y hacer del espacio sonoro el eje central alrededor del cual se estructura la pieza». Como es habitual en sus osadas propuestas, visión y escucha entran en colisión, abriendo una grieta cuyo significado da paso a la posibilidad de un lugar para la imaginación del espectador: la única imagen posible y verdadera en escena.

Como indica el filólogo canadiense Marshall McLuhan en un fragmento del libro ‘La galaxia Gutenberg’ (1962), hasta la aparición de la escritura, en el año 3100 a.C., la comunicación entre seres humanos se traducía a través del sonido. «Para hacer este ejercicio temporal y sensorial, nos sustentamos en esta idea y priorizamos el sentido del oído frente a la vista. Utilizamos el sonido como brújula de orientación en el espacio y como medio para viajar en el tiempo», apuntan Beyeler y Gisbert.
Entre 2021 y 2023, crearon varios dispositivos escénicos para diferentes contextos en los que el sonido tiene un papel protagonista en la construcción dramatúrgica de las piezas. «En estos procesos, la composición de la imagen en escena ha adquirido una tesitura cada vez más sintética, a veces, incluso, prescindiendo de una composición material de la imagen teatral, desplazando el aspecto visual de las propuesta hacia una experiencia de estimulación de la imaginación de los espectadores y espectadoras, sustentada por el trabajo sonoro, cada vez más refinado y meticuloso».
«En nuestra trayectoria artística siempre han estado presentes, como preguntas obstinadas que difícilmente conseguimos responder, los conceptos de futuro y de temporalidad –histórica, existencial y escénica–, junto con la sensación de que el mundo esté cambiando y al mismo tiempo parece que hay cosas que nunca cambian», explican Beyeler y Gisbert.
«Es en esta tensión e incertidumbre donde nos posicionamos a la hora de crear las piezas para explorar el lugar que habitamos, un presente volátil pero infranqueable, con la genuina voluntad de evitar la repetición de patrones e investigar, formal y conceptualmente, las circunstancias para la escena de nuestro tiempo», concluye los integrantes de El Conde de Torrefiel.
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