#MAKMAMúsica
‘Poema del cante jondo’
Miguel Poveda
Palacio de Congresos de València
Av. de les Corts Valencianes 60, València
18 de enero de 2025
Por unas horas, la celebración perfumó el hedor de más de ochenta días de pudridero de aguas enlodadas, de fermentación de cañas, escombros de viviendas y negocios con severas amputaciones y coches retorcidos, y tapó el pestazo de la más cerril de las contiendas políticas sobre un túmulo de doscientos cadáveres amoratados.
Dos meses y medio después de la trágica riada de octubre en la provincia de València, el Palacio de Congresos de la capital era una fiesta. El cantaor Miguel Poveda (Barcelona, 1973) se plantó en el escenario como quien se encuentra en su casa dejando caer pieles de ropa por el pasillo. Desde el primer instante, su presencia desbordó una calidez que borró cualquier distancia entre el artista y su público.
Los ojos de ese público que abarrotó el recinto y no se sentó (pagando) en las escaleras, porque la normativa lo impide, miraban como lo hacen los de los testigos de las apariciones marianas. En cada pupila, una flipada. Era como si todos estuvieran invitados a una suerte de especial posnavideño íntimo: el ‘Poveda en Navidad’ que nunca supieron que necesitaban, pero que no habrán podido olvidar.
No era una zambomba tardía –los festejos propios de la temporada navideña para los flamencos– lo que Poveda traía entre manos, sino la presentación de su trabajo más reciente, ‘Poema del cante jondo’, con el que continúa su gira por todo el país.

Para alejarse del cliché de poeta de fular y photocall con olla de gitanos al fondo, cuevas, palmas, guardias civiles, guitarras y cristos en procesión, el poeta granadino recaló en Nueva York por poco tiempo, el justo para rascarse las costras de su vida, conocer a negros y gordas, y soles y lunas y cielos distintos a los de España.
El luminoso de neón que coronaba las tablas del Palacio de Congresos avisaba de que, más que a Andalucía –la del pueblo perdido y tierra del llanto para el poeta–, los asistentes se iban a teletransportar a un bar esquinero de toda la vida, bajo el credo de la marca de cualquier bebida, en esa misma ciudad donde Lorca recogió toneladas de fascinación y el clarinetista Mezz Mezzrow se convirtió en el-que-colocó-al-mundo vendiendo toneladas de mandanga a los mejores del jazz.
El cantaor, que lleva más de tres décadas desafiando convenciones y conquistando oídos y corazones, combinó momentos de pellizco profundo, de esos que hacen que el pecho se encoja y los ojos se humedezcan, con una cercanía total con los presentes.
Poveda contó anécdotas, bromeó y hasta recibió peticiones con la misma humildad que lo ha llevado a ser uno de los grandes sin perder el contacto con el suelo. Para complacer a una señora entrada en años le cantó ‘Embrujao por tu querer’: “¡Pero escúcheme, que se la estoy cantando!”, le decía a la señora mientras esta le dedicaba la parte posterior del cardado y estaba a otras cosas.

Lo que vino después no fue solo música; fue una herida abierta. La banda del cantaor
–Carlos Grilo, Makarines y Miguel Soto El Londro, a los coros y los jaleos, Jesús Guerrero a la guitarra y Paco González a la percusión– dejaron solo, envuelto en oscuridad, al maestro de ceremonias.
Poveda invitó, entonces, al guitarrista valenciano Paco Costa al escenario para interpretar un poema musicado; un homenaje sentido a las víctimas de la riada de octubre, que dejó una huella imborrable en la región y en su propia familia.
Antes de comenzar, el cantaor relató cómo, días después del desastre, él mismo se acercó a la zona en un coche cargado hasta los topes para intentar ayudar en lo que fuera y entregar material: “Metí todo lo que pude, todo lo que encontré en los chinos y que pensé que podía servir”.
Poveda se adentraba en los versos de Costa con una voz que parecía agrietarse en cada palabra. Y entonces ocurrió: el cantaor se rompió. No fue el llanto impostado de quien busca dramatismo, sino el de quien no puede evitar que la memoria se lo lleve por delante.
En ese instante, el flamenco dejó de ser arte para convertirse en verdad, y el público, como testigo mudo, de mármol, entendió que estaba presenciando algo más profundo que un concierto.

Miguel Poveda no solo interpreta; crea recuerdos. Acompañado por músicos que parecían respirar al mismo compás, Poveda demostró una vez más que el flamenco, aunque crecido en los tablaos, puede habitar los grandes escenarios sin perder su esencia. Las palmas, la guitarra y los jaleos se entrelazaron con su voz en un tejido que a ratos era nostalgia y a ratos puro gozo.
La noche acabó como debía. Cuando llegó el final, el público no quería dejar marchar a Miguel y hasta en el anfiteatro le practicaron técnicas de inmovilización a base de besos. La ovación fue de esas que no acaban, como si el aplauso fuera una forma de retener un poquitín más esa magia que Poveda había derramado sobre todos. Él lo agradeció con una sonrisa y un gesto que parecía decir: “Esto no lo hago solo; lo hacemos juntos”, mientras sonaban las últimas ruedas de acordes por tangos.
En València, Poveda dejó escrito uno de esos capítulos que se pueden parafrasear de memoria toda la vida, como el eco de un cante que todavía parece resonar, incluso cuando ya se han apagado las luces, cerrado las puertas y el público vuelve a su casa espantando el frío.

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